Monet

¿Qué clase de encanto sobrehumano tenía esa montaignesa?

Años y años lidiando con la invasión de Montaigne en tierras del Rancho Torres, las suficientes para conocer su idioma y comunicarse fluidamente y aún así, con todo lo que los detesta, ella le resulta intoxicante.

Numerosas eran las parejas eventuales que Carmen había tenido hasta el momento y sin embargo, Charlotte tenía un encanto que la embriagaba.

La costumbre era siempre la misma: seducir a la persona que llamaba su atención, quizás bailar un poco, cortejarse con frases seductoras y movimientos aún más y disfrutarse con intensidad hasta que el amanecer los separase.

Carmen sabía muy bien que debía cuidarse encima de un barco, porque ya no sería sólo cuestión de una noche, sino que deberían verse todos los días, sin mencionar la importante ausencia de privacidad en los viajes. En un principio esa era su motivación para no intentarlo de verdad: no podía hacerse la linda con la mano derecha del capitán y luego convivir con las consecuencias, especialmente si no fueran buenas.

Pero, con el pasar de las noches y sus conversaciones, Carmen comenzó a dudar de que ese fuera el verdadero motivo. De cierta forma, llegar a concretar con la rubia marcaría el final de todo aquello y no estaba segura de querer que acabase. Mejor dicho, estaba bastante segura de no querer que aquello acabase. Había algo en cada noche compartida, en sus conversaciones, en la forma en que sus ojos brillaban o la curvatura de sus labios cuando se medio sonreía de forma seductora.

Por cada comentario sugerente que Carmen hiciera, siempre había una respuesta igual de picante en la punta de su lengua. Cada noche se retiraba a dormir completamente estimulada, solamente del tiempo compartido y soñaba con infinitos encuentros más.

Poco a poco, una parte suya (a la que lucharía por silenciar) le hacía notar que las emociones que esta mujer le despertaban eran distintas a lo que ella acostumbraba. Que si compartiesen una noche, las horas no serían suficientes así se extendiera por mil días.

Charlotte despertaba en ella emociones que no había experimentado antes, algo tan pequeño como estar haciendo compras personales y pensar en qué podría regalarle, en estar pendiente de ella en cualquiera que fuera la situación, saber que sería capaz de dejarse de lado a sí misma por ella. Tales emociones eran demasiado fuertes y se esforzaba por ignorarlas, porque le causaba mucho miedo pensar al respecto.

Cuando se presentó la oportunidad de ir al baile, deseaba estar allí con todas sus fuerzas, solamente por verla a ella, pero, ¿Para qué? En medio de un salón lleno de nobles no podría bailar con ella, podrían conversar pero constantemente siendo asediadas por hombres. Nunca fue amante de los nobles y sus eventos y el esfuerzo no valdría la pena.

Si tuviesen que despedirse mañana, ¿Qué haría? ¿Simplemente dejarla ir?

Probablemente lo haría y soñaría con reencontrarla en cada lugar que visitase. Pensar en estas cuestiones le generaba mucha molestia y terminaba desviando su atención en otras actividades para liberar su mente.

Por el momento, solamente con sus encuentros nocturnos alcanzaba… ¿Realmente alcanzaba? No, pero siempre había un mañana para plantearse eso.

Sabía muy bien que era inmune al fuego, pero tenía la terrible impresión de que el fuego de esa mujer la consumiría sin dejar rastro y la sola idea le quitaba el sueño.

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