Historia

La historia de Perla comienza mucho antes de su nacimiento. Sus padres son oriundos de una isla hacia el noreste de Théah, Vestenos de nacimiento, donde vivían una pacífica existencia como pescadores. Ólafur y Frigg se conocieron a las edad de 17 años en un pequeño pueblito llamado Vík, y con la bendición de los dioses y sus familias, se casaron apenas un año después. Luego de varios años de aventuras en el mar, decidieron asentarse en Vík, listos para formar una familia. Todo marchaba bien, hasta que un día en una discusión con otro pescador, una bofetada mal dada y una piedra resbaladiza terminaron con la vida del hijo de un mercader reconocido. La culpable: Frigg. Siguiendo la tradición isleña, en la que cualquier persona que mate a otro puede ser legalmente asesinada en venganza por la familia del difunto, Ólafur y especialmente Frigg se vuelven blancos legales de una familia poderosa, y deciden escapar de Vesten para preservar sus vidas. Su huída los lleva a Théah continental, buscando asilo y protección de sus verdugos vestenos.

Es así que llegan a Fischler, en Eisen, donde sus leyendas y criaturas de seguro detendrán a los vestenos de encontrarlos. Allí encuentran asilo en las tierras del Señor Friederich Sieger, uno de los pocos Eisenos que aún poseía tierras fructíferas, tan cerca del Bosque Negro que cuando estalla la guerra nadie se atreve a invadirlo. El Sr. Sieger era bien conocido por su sabiduría y su bondad, y sobre todo por preocuparse por aquellos que vivieran en sus tierras, y durante su larga vida había sido muy querido por sus vástagos y sirvientes. Ólafur y Frigg pronto se convierten en pastores: Otto e Ilse Schäfer, y sirven a su señor, agradecidos de haberles dado una segunda oportunidad. Al poco tiempo tienen una hija, Perle, a quién educan como Eisena, pero nunca olvidando sus raíces Vestenas. Perle crece y crece, fuerte y vivaz, y sus padres intentan enseñarle a protegerse a sí misma, y la alientan a unirse al ejército. Sus cuentos de tempestades marinas y soles de medianoche la hacen soñar con las tierras que jamás visitó, pero sabiendo que sus padres jamás podrán volver a Vesten, decide servir al Sr. Sieger (y por consiguiente a su hijo Erich) como guerrera. Perle se cría bajo los más rigurosos cánones de nobleza moral: el bien debe hacerse por el bien mismo. Su fortaleza física, gran capacidad de aprendizaje y rigurosidad moral la vuelven la favorita del General, aunque no la preferida entre sus colegas, ya que su poca capacidad de relacionarse de manera normal con las personas no le permite forjar amistades duraderas. Sin embargo es admirada por la gente del pueblo por su devoción a cuidar de ellos y de su señor. Perle, considerada una mujer “fea” y poco deseable, se vuelve una persona solitaria y severa consigo misma, pero valerosa.

En sus pocos momentos de ocio se la ve frencuentando los bordes del Bosque, donde cree recordar haberse topado con una criatura de pequeña, pero los recuerdos son borrosos en su mente. Hacia sus quince años, cuando es evidente que en sus planes no se encuentra ningún tipo de deseo marital, se vuelve parte de la guardia personal del Sr. Sieger, cuya salud comienza a deteriorarse rápidamente debido a una misteriosa enfermedad. El deterioro dura tres o cuatro años hasta que este muere. Durante el velorio multitudinario del mismo, Perle descubre a su General sollozando desconsoladamente en un pasillo solitario, y en vez de confrontarlo por demostrar debilidad, le extiende su simpatía y promete guardar el secreto. Esto cementa una relación de afecto, respeto y cordialidad entre ambos. Una vez pasado el período de vela, el hijo mayor de Friederich, Erich, queda al mando, aunque al contrario de su padre, Erich es mejor conocido por ser carismático, temperalmental y orgulloso. Sin embargo su guardia personal le jura lealtad, entre ellos Perle, y continúan el pacto de servidumbre que guardaron con su padre.

Erich es un personaje mucho más enigmático que su padre, y aunque atiende a los asuntos de sus tierras, siempre parece estar más ocupado en otras cuestiones. Va y viene por el castillo en horas extrañas y tiene conversaciones en susurros con distintos hombres que parecieran venir de fuera de Eisen. Perle no cuestiona esto, claro. Su juramento de lealtad no le permite interferir en sus asuntos, solo protegerlo. Él ve a Perle como uno más de sus soldados, aunque suele comentar sobre su fealdad y su imponente altura en tono jocoso, casi de burla, diciendo que de todos modos tiene suerte de tenerla de su lado. Erich disfruta de insultar extranjeros, solo para verlos intentar atacar y luego huir despavoridos al ver a Perle desenvainar su espada. En una ocasión, de camino a un banquete en un pueblo vecino, un grupo de mercenarios intentan asaltarlos y casi acaban con la vida de Erich, pero Perle logra salvarlo en un acto de valentía, en el que una criatura controlada por los mercenarios casi le arranca un brazo. Erich desestima el acto como parte de las olbigaciones de un soldado, pero el General premia a Perle al entregarle su mayor trofeo: enseñarle la habilidad del Panzerhand cuando su brazo se recupere.

Pasan varios años antes de que Perle pueda volver a utilizar su brazon con naturalidad, y en este tiempo se retira levemente de la vida del ejército. Su madre pinta runas vestenas en sus heridas y Perle atiende a sus padres y su granja, pero nunca deja de entrenarse. En este tiempo conoce a Gunter, un pastor que camina su misma ruta dia por medio, y forjan una leve amistad. Perle no tiene muchos amigos y valora sus horas con Gunter, que la comprende y no la juzga por su apariencia física, y a veces la hace reír, pero cuando este le propone matrimonio, Perle lo rechaza, ansiosa por volver a la vida en el ejército. Cuando finalmente se recupera, el General hace mérito de su promesa y le enseña todo lo que sabe sobre el Panzerhand. Perle aprende rápido y se ofrece a volver a formar parte de la guardia personal de Erich, conforme su juramento, aunque no haya exrañado ni a Erich ni sus chanchullos, pero su sentido del honor la obliga a tomar su lugar. Sin embargo, el General parece pensar que esta es una mala idea. Perle desconfía e insiste, y el General le ofrece presentarle a un hombre que conoce en la Guardia de Fischler, diciendo que ese será un mucho mejor uso de sus habilidades, pero Perle hizo un juramento que no puede romper, e insiste con seguir sirviendo a su señor. El General finalmente acepta e instaura a Perle en su cargo, pero le advierte que las cosas han cambiado en el castillo.

En los años en que ésta estuvo fuera del ejército, Erich se convirtió en un hombre frío y oscuro, y Perle casi no lo reconoce. Los banquetes y viajes que solía hacer han quedado en el pasado, como tambieñén su amplio sentido del humor, y el castillo es frecuentado diariamente por personajes siniestros. Afuera del castillo se rumorea que hay personas que desaparecen sin siquiera aventurarse más allá de las murallas, y todas esas desapariciones se condicen con la llegada de más y más personajes encapuchados. Perle se cruza a uno de estos en una de sus escapadas nocturnas al borde del Bosque, y lo sigue al entrar al castillo, por pasillos que no conoce, hasta llegar a un búnker subterráneo en el que escuha terribles gemidos y descubre, desde las sombras, a Erich y algunos de los hombres encapuchados, y una docena de personas encadenadas en las paredes, o a mesas en las que parecen retorcerse de dolor. Perle no necesita ser un genio para darse cuenta lo que está sucediendo: Erich está haciendo experimentos con seres humanos. Su sentido de la moral le dice que debe hacer algo al respecto, pero antes de poder actuar siente un golpe en la cabeza, y no vuelve a despertar hasta el día siguiente, en su habitación. Desorientada, trata de salir pero su puerta está bajo llave. Antes de poder siquiera gritar, la puerta se abre y el General entra, haciendo un ademán de que se quede callada. Perle lo confronta, furiosa, y es tal su enojo que el General llama a dos de los hombres encapuchados para que la sostengan. Perle no entiende por qué el General puede avalar ese tipo de prácticas, y el General le recuerda sobre su juramento de lealtad. Perle sabe lo mucho que el General amaba a su Señor, y a su hijo por extensión, pero que Erich cruzó una línea y ella no puede seguirlo así. Entre llanto Perle le pide explicaciones al General, le recuerda que el Sr. Friederich estaría muy decepcionado por este accionar y amenaza con descubrir a Erich ante todos, pero el General le recuerda que sus padres, Otto e Ilse, solo están vivos porque el Sr. Sieger y luego Erich hicieron la vista gorda a que tenían sangre en sus manos y les dio asilo. Le recalca que descubrir a Erich significaría la destrucción de las vidas de sus padres. Perle queda desolada ante esta amenaza y desiste de seguir resistiendo. Otros dos soldados entran en la habitación sin entender la conmoción y el General les dice que atraparon a Perle intentando desertar, y que el castigo por esto es la pena de muerte.

Nadie entiende, claro, porque Perle jamás cometió un crimen en su vida, pero los celos que la favorita del General haya sido encontrada en un acto poco honorable ciegan a los soldados a la verdad y aceptan esta versión de los hechos. El General se lleva a dos hombres encapuchados y a Perle a las afueras del castillo, donde se ejecutan a los traidores, lejos de los abucheos y las escupidas de los otros soldados, y en un último acto de misericordia, el General mata a los encapuchados y ofrece a Perle su libertad, con la condición de que nunca vuelva a Eisen. El General considera a Perle su igual, solo que ella no tiene sangre en sus manos, y por tal merece vivir. Al salvar ella la vida de Erich, éste contrajo una deuda que se salda con este acto. Perle le hace jurar al General que va a velar por sus padres, y antes del amanecer, con el Panzerhand como su única protección, huye del lugar que la vio nacer.

Vaga por Eisen, temerosa de ser descubierta, y aunque cambia su nombre no se queda mucho en ningún lado hasta no estar lo suficientemente lejos de Sieger. Coquetea con la idea de ir a Vendel, en busca de sus raíces, pero se siente traicionada por sus valores y la idea de ir a Vendel sin sus padres le retuerce las tripas, por lo que decide dirigirse al sur. Para su fortuna, en un territorio azorado por la guerra, es fácil encontrar trabajo cuando se sabe pelear; la gente no suele hacer muchas preguntas, y su camino, aunque lleno de peligros, no sufre demasiados obstáculos. Es así como Perle Schäfer, la eisena con un código de honor inquebrantable, se convierte en Perla Friggsdottir, la vestena que vaga por los bordes de Eisen buscando llenar un vacío interior y sin saber por dónde comenzar. Su espada está disponible para quienes busquen protección, aunque sus servicios no son ofrecidos abiertamente, sino entre susurros y secretos, ya que es sabido que a la misteriosa vestena, a pesar de su porte, no le gusta llamar la atención.

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