La Uña de los Dioses

Sé que esto es un sueño porque el cielo, inmenso, está estrellado y puedo ver las constelaciones que mamma y pabbi me enseñaban cuando niña. Debajo mío el pasto fresco de las colinas eisenas roza mis brazos y acaricia mi rostro. Estoy acostada en nuestro lugar de pastoreo preferido. Nunca creí volver a visitar este lugar.

El aroma de las maiglöckchen me envuelve, y arriba, en el cielo, apuntando al sur con su arco y flecha, puedo ver a Orwandil y su cinturón de estrellas, Friggerock, con su dedo gordo brillando contra el manto azul del anochecer. Al este Lokabrenna, la antorcha de Loki, pregona el advenimiento de Ragnarok con su brillo incandescente, y por fin Leiðarstjarna, al norte, la solitaria estrella que guía a quienes han perdido su camino. Si cierro los ojos puedo escuchar las palabras de mamma…

Svo lengi sem Leiðarstjarna glæsir björt, finnurðu þig heima, Perle.

Mientras la Uña de los Dioses brille, podrás encontrar tu camino a casa, Perle.

 El susurro de las colinas me arruya pero hay algo que no me deja disfrutar de la paz que ofrecen. De pronto todo es silencio y el rocío del pasto bajo mi espalda se vuelve incómodo. Al abrir los ojos me encuentro con el cielo negro, oscuro. Una a una las estrellas se apagan, como si hubieran sido absorvidas por la oscuridad, y mi pecho arde de manera insoportable. Desesperada, busco el débil fulgor de Leiðarstjarna que lucha, rebelde, brillando naranja y amarillo hasta finalmente consumirse—

Perla despierta en su lecho en el Albatros, transpirada y con la respiración forzada. Si las palabras de Giuliana no fueron suficiente mal augurio, este sueño sin duda logró encender todas sus alarmas. Scheisse. Tratando de calmarse en la oscuridad de la habitación, lleva su mano a la herida en su pecho, que está más caliente de lo que a ella le gustaría. Si se desarrolla una infección, un mal augurio será el menor de sus preocupaciones. Afuera, el Albatros está calmo y no se oye más que el suave sonido del barco navegando rumbo a Avalon, y la respiración de Lucrezia y Giuliana que duermen tranquilamente en el otro extremo de la habitación. Perla suspira y logra calmarse, pero sabe que ya no podrá volver a dormir.

Sin hacer mucho barullo sale de la habitación y se dirige a cubierta. Aún es de madrugada y el barco está calmo, casi silencioso, pero lejos de inquietar a Perla, el silencio la reconforta. Sin estar segura de lo que busca, recorre la cubierta con sus ojos en el horizonte. El cielo es muy diferente tan lejos de Eisen, las estrellas danzan en entramados que no le son familiares. Esta aventura sin duda la ha llevado por caminos que nunca soñó conocer, y sus vaivenes en altamar han traido sorpresas y miserias por igual. Su pecho arde y Perla cierra los ojos. Zumbando una vieja canción tradicional vestena, camina con cuidado por el barco persiguiendo una sensación, y cuando ésta cesa, allí al borde del firmamento, Perla descubre el brillo milenario de Leiðarstjarna, la Uña de los Dioses.

El camino a Carleone es largo aún, y Perla ocupa sus días en lo que puede, tratando de quitarse la ansiedad que le producen sus enigmáticos sueños. Forja una extraña amistad con Matthias, con quien comienza una ridícula riña que consiste en inventar imposibles trabalenguas en su lengua nativa, y quien no pueda repetirlos resultará perdedor. Es bueno poder hablar en Eiseno de forma relajada con un hombre que no le tiene miedo ni insiste en tratarla como su superior. Rolf, Bernhard, Walter, Gunter y Helmut son buenos hombres, pero no tienen sentido del humor.

Durante las tardes, las tareas de Perla se dividen en ayudar en donde sea necesario en el barco, y entrenar a Carmen en ataque y defensa. La Castellana es lenta en el aprendizaje de la espada, no por su falta de agilidad y predisposición, sino por su constitución débil y poca fuerza. Sin ebargo, Perla ve en ella el fuego y la tenacidad necesarios para ser una luchadora capaz, y además de enseñarle técnicas de pelea, la ayuda a fortalecer su cuerpo y sus músculos. Secretamente Perla disfruta los momentos que pasa con la tripulación. Carmen la hace reir con su acento Eiseno y su simpática torpeza con las armas, y su mente sagaz y hambrienta de conocimiento le recuerda a Perla sobre su propia niñez, hostigando a su padre para que le cuente las antiguas historias de Oddis y el gran Wyrm. Si tan solo Carmen le prestara tanta atención al entrenamiento como a la Srta. Monet cada vez que pasa por la cubierta…

El resto del tiempo se propone mantener al explorador Alex alerta, acosandolo en los pasillos y sorprendiéndolo cuando menos se lo espera, explicándole sin mucho éxito que  el peligro es inminente y no debe bajar su guardia. Es difícil lidiar con civiles, pues no es fácil entrenar la mente para estar en constante alerta, pero Perla tiene una certeza en sus tripas y es que lo que sea que haya atacado a Alex y a ella en ese barco no va a dejar que sigan con sus vidas tan fácil. Perla siempre fue una persona que le hizo frente al peligro, pero esta vez siente que el peligro que los acecha es mucho más de lo que ellos pueden manejar…

De vuelta en su habitación otra madrugada, apenas unas horas antes de arribar a Carleon, Perla aprovecha un momento de silencio para observar la cicatriz que se cierra exitosamente en su pecho. Ésta no es tan diferente que las cicatrices que cubren su brazo izquierdo, y Perla anhela los cuidados de su madre, quien con paciencia maternal selló sus heridas con runas y el tipo de ciudado que solo una madre sabe dar. Aunque su madre esté lejos, Perla puede continuar con su singular tradición. Ha oído que en Carleone puede haber quien tatúe las runas deseadas sobre su blanca piel. Solo será cuestión de mantener los ojos abiertos y encontrarlos.

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